La trágica muerte de la muchacha de Massachusetts de 15 años de edad, Phoebe Prince, ha demostrado, una vez más los límites de la autoridad en lo que concierne a tratar con la intimidación cibernética.
Tres semanas después de que se ahorcara la estudiante de la South Hadley High School debido a semanas de implacable intimidación cibernética, solamente han ocurrido dos suspensiones. Aunque aún se están llevando a cabo investigaciones, tanto por la escuela como por las agencias policiales, parece muy remoto el que alguien vaya a ser juzgado responsable.
Mientras tanto, algunos proyectos de ley contra la intimidación cibernética permanecen pendientes en varias legislaturas estatales, todas las cuales están diseñadas para detener y castigar pero probablemente ninguna de ellas para ejercer un fuerte impacto sobre los jóvenes atrapados en la montaña rusa emocional que caracteriza a la mayoría de las escuelas secundarias y preparatorias.
Aunque aparentemente Phoebe era objeto de acoso físico tanto en el campus escolar como fuera de él, gran parte de la intimidación llegaba a través de textos, Facebook y otras redes sociales. Incluso, continuó después de su muerte, ya que quienes la atormentaban colocaron comentarios crueles en la página de Facebook en la que se la recordaba.
Como lo hemos discutido aquí antes, las escuelas enfrentan una tarea casi imposible al tratar de disciplinar a los intimidadores cibernéticos, especialmente si no están involucradas las computadoras de la escuela o si la ofensa se lleva a cabo después de las horas escolares. Asimismo, también están los cabilderos de la primera enmienda, quienes protegen celosamente el derecho del individuo de decir lo que quiera, aunque se trate de un discurso abominable dirigido a una vulnerable chica de 15 años de edad.
La cruda verdad es que las escuelas no pueden esperar a que sucedan tragedias como ésta para tratar de manejar las terribles consecuencias que surgen. Es imperativo que, tan pronto como sea posible, se introduzcan en la currícula de las escuelas programas contra la intimidación y de respeto cibernético. Otros países, que han incorporado tales programas, han podido demostrar disminuciones dramáticas en la incidencia de la intimidación cibernética, mientras que las estadísticas de los Estados Unidos han empeorado lentamente.
Pero, también habrá que tomar en cuenta el papel que juegan los padres.
En el caso de Phoebe, hay informes acerca de que su madre tenía poco conocimiento de la gravedad de la intimidación (Su padre vivía en Irlanda.) Sería improbable que lo supiera: solamente el 10% de los muchachos que son intimidados les cuentan a sus padres lo que sucede. En lugar de eso, los padres necesitan vigilar constantemente el comportamiento de sus hijos para detectar pronto señales de problemas.
Y, simplemente porque tu hijo no esté siendo intimidado no significa que no haya problema. Por cada chico que está siendo acosado, generalmente existen otros tres o cuatro que están intimidando.
No permitan que las chicas malas y los muchachos abusadores sean responsables de otra muerte más. ¡Tomen cartas en el asunto hoy!
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